domingo, 8 de noviembre de 2009

Vanidad y soberbia, dos lastres para seguir siendo la perdedora del cuento



“La vanidad es la más grande
de todas las aduladoras”.
Walter Scott

La madre de Blancanieves no murió al dar a luz. Ella, sólo se transformó en la madrastra que después intentaría eliminar a la muchacha. Esto es, por supuesto, en parte, el discurso que entre líneas, nos da el cuento.
De hecho, en muchas de las versiones –tal como sucede en el caso de La Bella durmiente– no existe madrastra sino que es la propia madre de Blancanieves la que abandona a la niña con engaños haciéndola bajar del carruaje para que recoja flores, dejando entristecido al padre, quien realmente ansiaba tener una hija.
La madrastra y la madre de Blancanieves no son otras que las representaciones de la madre real de la niña –la de carne y hueso– y que corresponden a diferentes etapas del desarrollo infantil.
Hasta aquí todo bien. Es parte del desarrollo de la relación madre-hija en el que la niña, conducida por su complejo de Electra, le dispute a la madre el amor del padre, y que se origine entre las dos, una envidia inconsciente. La madre por la sexualidad floreciente que la niña irá consiguiendo al entrar en la pubertad, y la niña por la belleza y el dominio de las situaciones que tiene la madre, siendo una adulta.
Sin embargo, el cuento advierte sobre los peligros que acarrea el dejarse arrastrar por la vanidad. No olvidemos que Blancanieves en dos oportunidades arriesga su vida como consecuencia de su actitud vanidosa.
Ella no se resiste a comprar un lazo que la madrastra, disfrazada de anciana, ofrecía colocarle, y por lo que casi muere asfixiada (la vanidad asfixia). Luego, sucederá lo mismo con una peineta que llevaba las puntas envenenadas (la vanidad envenena el alma).
Pero es la madrastra la que finalmente pierde la vida al tratar de llevar hasta los límites su (...)
Texto tomado del libro "Lobas... un camino hacia el éxito".
Ed. Albricias, sep. 2009.Perú

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